EL GOBIERNO de la Presidenta Bachelet asumió con un amplio apoyo, pero ese respaldo, desgraciadamente, ha caído a niveles históricos. La mayor parte de los que se han ido son electores de centro. Cada elector de centro perdido, si fruto de su desencanto termina cambiando el voto, son dos votos que hay que remontar en la próxima elección.

 Esta pérdida se explica en parte por una fiebre de reformas que, aunque compartimos en sus objetivos, han sido promovidas con voluntarismo, y que en vez de concentrar sus esfuerzos en apoyar a los más humildes, por ejemplo a la educación pública, buscó emparejar la cancha nivelando hacia abajo, o “bajar de los patines” a los que ya estaban partiendo, para usar algunas de las desafortunadas frases de ese espíritu refundacional.

Por ello, hace un mes un grupo de demócratas cristianos publicamos, por diversos medios digitales, una carta en la que calificamos estas reformas como un progresismo contraproducente, que se alejaba de los objetivos iniciales y programáticos, un “progresismo sin progreso”.

Lo interesante fue que una invitación a discutir de política logró generar numerosas reacciones. Algunos dijeron, con razón, que no habíamos destacado los logros del Gobierno, como el fin del binominal o el voto de los chilenos en el extranjero.

Algunos se sintieron criticados y se pusieron a la defensiva, lo que es entendible. Tal vez fuimos injustos con ellos. Es cierto que hay muchos militantes de la Democracia Cristiana y de otros partidos que día a día se esfuerzan porque este sea un buen Gobierno. Y que no son responsables de que “más arriba” se tomen decisiones equivocadas.

Otros respondieron, como está de moda en las redes sociales, con etiquetas, descalificaciones y adjetivos. Todo eso cae por su propio peso. Como diría el Quijote, no te preocupes Sancho, “deja que los perros ladren, es señal de que vamos avanzando”. O como diría Vicente Huidobro, “el adjetivo que no da vida, mata”.

Por último, hay quienes nos acusaron de olvidar nuestras raíces, el humanismo cristiano que busca y clama por mayor justicia social. A ellos, sobre todo, queremos decirles que es precisamente por ese sentido de urgencia que tenemos que ser más exigentes, y preocuparnos de los resultados de las políticas, no solo de las intenciones con que fueron diseñadas.

Muchos nacimos leyendo y admirando a Frei, Tomic y Leighton. Pero ha pasado más de medio siglo desde la marcha de la patria joven. Tenemos que plantearnos nuevos desafíos y aprender de los cambios que el mundo ha tenido este tiempo, que no son pocos.

Hace poco vino a Chile, a participar en el Congreso del Futuro, Michael Sandel, que junto a otros como Alasdair MacIntyre y Michael Walzer, es considerado uno de los filósofos políticos comunitarios más importantes. Entrevistado por Qué Pasa, afirmó: “La economía de mercado es una herramienta valiosa y efectiva para organizar la economía productiva. Pero una sociedad de mercado es diferente. Es un lugar donde casi todo está a la venta, donde los valores del mercado dominan todos los aspectos de la vida. Y ahí es cuando se vuelve dañina”.

Estas son las discusiones que nos animan. Muchos acogieron nuestro llamado a dialogar, en foros reales y virtuales. Es solo el comienzo.